jueves, 10 de junio de 2010

Po-ética


Te pones a hacer cuentas ahora que te sientes
con la fuerza de voluntad suficiente.
Y esperas pacientemente
que las ideas se fermenten tanto o más
de lo que pudieron haberlo hecho años antes.
Tienes un paquete de cigarros,
una botella con agua helada,
y un saco lleno de palabras rotas.
Alguna vez leíste en una revista
lo que decía un reconocido poeta francés:
decía que “si no aprendes a darle forma a tu caos, a tu dolor,
morirás antes de haber escrito la primera linea”.

Estos poetas franceses tienen la cabeza
llena de mierda.
Ellos pueden tomarse su tiempo
-siempre les sobra tiempo-.
Fuman cigarros ligeros.
Beben buena cerveza.
Compran cocaína con el seguro de desempleo.
Y se sientan a esperar que el poema llegue.

Aquí, sin embargo, es peligroso ser un parásito
-o debería decir un idiota-.
Las ratas están atentas a tu caída.
Y las cucarachas discuten por cual de todos tus orificios
iniciar el banquete.
Es mala idea ser un parásito.
Aunque es peor ser un poeta pobre y mantenido.
La gente te pisotea
mientras cierras los ojos y aprietas los labios,
en espera de tres o cuatro versos
que te hagan olvidar tu mala suerte.
Pero el poema no es un artefacto,
no es un objeto,
ni una promesa.
El poema
-tu poema-
es música en muting:
Un trago agrio.
Una erección a medias.
Un tocadiscos sin aguja.

Y cuando los versos llegan
-si es que llegan-
es demasiado tarde.
No son más que una huella pasajera.
Una piedra pateada entre mil piedras.

El canto
de alguien
sin voz.

jueves, 13 de mayo de 2010

Releyendo a Paul Auster


Sentado en el retrete.
Con las manos sobre las rodillas
y los ojos fijos en el rollo de papel higiénico.
Esperando que la peste fluya.
Que todo se despeje.
He vuelto a leer El palacio de la luna.
Experimento una extraña satisfacción.
Una sensación de abandono que no tiene
nada que ver con el silencio.
Tal vez con la soledad, pero definitivamente
no con el silencio.
Hoy nadie me ha llamado por teléfono.
Las rosas y los geranios de la sala aún no están
marchitos.
En la nevera no hay nada de comer pero eso
no me preocupa.
Es un buen momento para meditar.
Para dar rienda suelta a la felicidad.
¿Estará la felicidad en el retrete?
¿Será que estar sentado en el retrete
haciendo lo que se debe
es un síntoma de felicidad?
No he pagado las cuentas del apartamento
y posiblemente no pueda hacerlo durante mucho tiempo.
Pero, bah, todo es como debe:
En la sala aún hay rosas y geranios.
En el retrete, una porción del mundo que no voy a echar de menos.

jueves, 22 de abril de 2010

BLUES PARA MISTER FOSTER


Ayer me enteré que David Foster había muerto
y me importó un carajo.
O bueno, eso creí durante seis o siete horas.
En cambio entré a mi cuarto y puse un CD de Roxy Music.
Estuve cantando hasta muy tarde.
Un par de vecinos tocaron a mi puerta.
Muy educadamente me pidieron que bajara el volumen de la música.
Y lo bajé, no sin preguntarme cuántas pataletas habría dado Foster
antes de exhalar el último suspiro.
Cinco minutos de jadeos, cinco minutos desesperantes
-tanto o más que sus constantes depresiones-.

Nueva York ya no es una gran manzana.

David Foster habrá pataleado en su habitación
con la soga literalmente al cuello.
Pero cinco minutos es muy poco tiempo para repasar toda
una vida.
Cinco minutos sin aire,
recordando la primera vez que ató los cordones
de sus zapatos.
Y el sabor empalagoso de un pastel de cumpleaños.
Y los dibujos animados de los sábados.
Y el intento fallido de un primer relato.
Y todas las viejas canciones aprendidas de memoria.
Y todas las mentiras.
Y preguntarse por qué la gran manzana siempre ha tenido
ese fuerte olor a podredumbre.
Y maldecir un billete de veinte dólares en la entrada de cualquier Starbucks.
Y que David Foster bendiga a Norteamérica.
O que al menos la perdone.

In god
we trust.